Conversaciones de una nieta

Es increíble como después de tanto tiempo dos personas que no han coincidido en el tiempo ni en el espacio pueden parecerse tanto. Tú a mí no me conoces, pero yo siento como si te conociera de toda la vida.

En mi casa, a día de hoy, hay un señor que te tiene presente siempre y te menciona en cuanto tiene ocasión. En el fondo, ese señor aún sigue siendo un niño de 17 años que te echa de menos, y aunque ha tenido que vivir sin ti, no sabe cómo hacerlo.

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Bienvenido, amor

Es de saber popular que se necesita tiempo desde una ruptura, hasta volver a querer a alguien. Hay quien dice que se necesita solamente una noche y muchas copas para recuperarse, y que una mancha de mora, con otra mora se quita.

Hay quien dice que se necesita la mitad del tiempo que has pasado con una relación para recuperarte y abrirte a una nueva, y que el resto es solo cuestión de tiempo.Desnúdate, tenemos que hablar.

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Finlandia

El cuento del punto final

Teníamos un punto final. El punto final. Es de esas cosas que te dan desde un principio, sabes que nunca lo vas a usar y lo guardas tan bien guardado que ni te acuerdas de donde está. Como el segundo juego de llaves cuando compras un coche, o como un usb que te dan de regalo y crees que nunca vas a usar.

El punto y final lo tenía tan bien guardado porque sabía que no iba a tener que usarlo. Tenía todo lo que quería y funcionaba bien, ¿por qué lo iba a necesitar? Creo que no lo tiré de pura casualidad. O igual si… no me acuerdo. Éramos tan felices, que incluso mencionar la existencia de ese punto final era como, yo que sé, pensar que la casa puede tener goteras cuando la estás comprando, o como cuando piensas que te vas a mojar cuando estás saltando un charco.

punto final

Punto final

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Te echaremos de menos

“… Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma.

Cuando un amigo se va…”

Es triste pasar por momentos tristes. Es triste que a la gente joven se le prive de vivir. Tantas cosas por hacer, tantas cosas por ver. Viajar, conocer gente, compartir tu vida con alguien. Ver a tus hijos crecer, descubrir lugares nuevos. Ir más al cine, leer más, aprender a cocinar y atreverte a saltar de ese puente que siempre “lo ibas dejando”. Hacer esa última mudanza, atreverte a decírselo.

Más triste es que tengamos que aprender a base de golpes en la vida.

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Los japoneses saben a la aldea

La aldea es una casita granate a la que llegas por una carretera que no todo el mundo encuentra. Tiene una verja gris y una palmera enorme, que se ve desde todos los puntos del pueblo. Tiene pozo, chimenea y de vez en cuando, una barbacoa.

A la terraza de la casa de la aldea no nos dejan subir, pero cuando podemos, desde allí vemos todo el huerto. Echamos de menos ver al abuelo sachando en busca de las patatas y a los pollitos del feirón corriendo finca abajo. Pero aún podemos ver todos los árboles: el cerezo que tantas indigestiones nos dio (no comáis cerezas sentados en la rama y menos si están calientes) el árbol del King Kon que te lanza manzanas cuando menos te lo esperas, el membrillo que nadie recuerde que de membrillos; El melocotonero, el peral… y el japonés.

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